Oct 20 2016

Nomofobia, amnesia digital, aislamiento social, depresión… son varios los trastornos que se están detectando entre los adeptos a la tecnología. ¿Están muy generalizados? ¿Cómo ayudar a quien sufre estas enfermedades? ¿Tienen cura?

En los países más desarrollados del mundo, aquellos donde los índices de adopción de Internet alcanzan a casi toda la población, es imposible imaginarse ya rutinas en las que la tecnología no esté implicada. En especial, las puramente TIC. Todo comenzó con el PC. Pero la aparición y posterior popularización de dispositivos fáciles de transportar como los smartphones y las tabletas han sumergido a la sociedad en la vorágine de la conexión permanente. Los dispositivos, entre los que también se encuentran los wearables, se han convertido en una extensión más de nuestro cuerpo. Los ciudadanos del siglo XXI nos encontramos permanente localizables, conocemos las noticias en el mismo instante en que suceden, podemos resolver situaciones en remoto y, en los casos más extremos, apenas levantamos la vista de la pantalla aun estando rodeados de gente.

Y es que la relación de algunos usuarios con la tecnología puede traspasar los límites de la lógica. Puede volverse problemática. Hay quien llega a enfermar por abusar de la tecnología. Y “no sólo enfermar, sino incluso morir”, expone el doctor Antonio Cano Vindel, profesor de Psicología en la Universidad Complutense de Madrid y presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés (SEAS), con quien ha hablado Silicon.es. “Por ejemplo, ha habido casos de usuarios de videojuegos que han fallecido tras permanecer tres días jugando sin interrupción para intentar batir un récord”, recuerda. “El uso de nuevas tecnologías puede ayudarnos en muchos sentidos”, de hecho los desarrollos web favorecen cada vez más la accesibilidad para personas ciegas, sordas o con movilidad reducida, se está investigando sobre lentillas para diabéticos y se han lanzado monitores de actividad que incitan a llevar una vida más sana, “pero también puede estresarnos. Y el estrés puede enfermar cuando es demasiado intenso, no hay descanso y se vuelve crónico”.

Un sinfín de enfermedades

“Los efectos nocivos pueden ser de diversa índole”, relata Cano Vindel. “A nivel físico, el abuso tecnológico tiende a producir sedentarismo, obesidad, exceso de activación fisiológica, aumento de la presión arterial, problemas músculo-esqueléticos, síndrome del túnel carpiano, pérdida de visión, ojo seco, entre otros” como problemas auditivos por un uso excesivo de los auriculares o dolor de espalda por sentarse de forma incorrecta ante el ordenador. “A nivel psicológico, puede producir adicciones a distintos aparatos” y “a Internet”, identifica el presidente de la SEAS. Una de esas adicciones se conoce ya como “nomofobia”. Se trata de la necesidad de llevar siempre el teléfono móvil para poder consultarlo, del miedo de salir de casa sin él por un simple olvido, por una avería o porque la batería está descargada. El ‘no sin mi móvil’ afectaría a 3 de cada 5 españoles, según datos del centro de terapias grupales Coaching Club. En esto habrían tenido que ver unas campañas de marketing que los expertos califican de “agresivas y eficaces”.

La popularización insana de la tecnología estaría generando “altos niveles de ansiedad, irritabilidad, pérdida de comunicación social y familiar, estado de ánimo depresivo” y, “en general, todas las consecuencias negativas que puede acarrear el estrés”, resume Antonio Cano Vindel. Aquí entraría también el insomnio. Han aparecido “problemas nuevos, que están comenzando a definirse a nivel internacional como son el tecnoestrés o las tecnoadicciones”. En este sentido, desde el fabricante español de nuevas tecnologías Energy Sistem indican que más de una quinta parte de los jóvenes españoles se ha enganchado a Internet. España sería el país con mayor adicción adolescente a Internet de toda la Unión Europea, donde la media se sitúa en menos de un 13 %. Esta misma firma identifica fenómenos hasta ahora inexistentes como la “whatsappitis” y la “selfitis” o el “phubbing”. Las primeras se refieren a las hiperdependencias a la mensajería instantánea, sobre todo en conversaciones de grupo, y a la toma de autofotos. La selfitis llevaría a personas con problemas de autoestima a compartir imágenes constantemente en redes sociales, aunque también existe la “selfiefobia” que es justo lo contrario. Mientras, el phubbing consiste en prestar más atención al móvil o la tableta que a la gente que te rodea… o, directamente, toda la atención.

Fuente-Shutterstock_Autor-Don Pablo_smartphone-telefono-movilOtros inconvenientes que se han detectado son la “editiovultafobia” o el rechazo a saber de los demás por plataformas tipo Facebook por miedo a comparar su vida con la propia, la “retterofobia” o el terror a escribir mal los mensajes por móvil, la “vibranxiety” o esa impresión de sentir vibrar el teléfono incluso si no lo ha hecho, la “telefonofobia” o la ansiedad que causa el timbre del teléfono al no querer recibir llamadas y la “cibercondría” o la investigación online sobre enfermedades en vez de acudir a la consulta del médico de cabecera. El vínculo entre tecnología y salud también golpea a la memoria. Un estudio elaborado por Kaspersky Lab apunta al “efecto Google” o la propensión a olvidar información porque en vez de retenerla por medios propios se confía en las consultas por Internet, o en la revisión de la información que se ha ido acumulando en los equipos informáticos. El 55 % de los españoles todavía intenta recordar, pero un 34 % se va a Internet. Y eso a pesar de que el 22 % borra de su disco duro particular la respuesta online una vez utilizada. De ahí que se hable de amnesia digital. Hoy en día parece más importante acceder rápido a la información que crear una memoria permanente, a largo plazo. Buena parte de los usuarios es incapaz de recordar números de teléfono de familiares o del trabajo.

“A su vez, las nuevas tecnologías cambian los comportamientos y pueden acentuar otros problemas como el acoso psicológico”, algo que “puede llevar al ciberacoso”, advierte Cano Vindel. Éste también apunta hacia “la ludopatía, que se hace más grave cuando se desarrolla en Internet”. La lista de enfermedades que han surgido o que empeoran por la existencia de la tecnología ya es larga. ¿Seguirá creciendo? ¿Aparecerán durante los próximos años nuevos trastornos de origen tecnológico? El doctor Cano cree que “las nuevas tecnologías seguirán desarrollándose para bien en muchos casos y también en algún caso para traer nuevos problemas”. Hay que tener en cuenta que “algunas personas ya viven casi exclusivamente ‘dentro de su cerebro’, es decir, activando neuronas, pensamientos, emociones, sentimientos… tan sólo con un aparato, como por ejemplo su teléfono inteligente y sus aplicaciones”. Y eso difícilmente puede concebirse como saludable, como un precedente esperanzador. “La incidencia de los problemas derivados del mal uso de las nuevas tecnologías puede aumentar en los próximos años, como aumentaron en su día las muertes en carretera, al incrementarse el uso del automóvil”.

Síntomas a identificar

Utilizar la tecnología, aprovechar sus ventajas, no significa que se vaya a acabar padeciendo un problema físico o mental. Sin embargo, existe cierto punto en el que hay que comenzar a preocuparse. Y ese punto, como ocurre con “todos los abusos”, es “cuando el sentido común nos dice que se está comenzando a usar de forma excesiva, dañina para el individuo a nivel económico, familiar, social, académico o laboral, y aparecen problemas de salud o malestar”, explica el catedrático de Psicología en la Complutense con el que ha contactado Silicon.es. ¿Cuáles son, por tanto, los síntomas típicos que denotan que dicho uso es perjudicial? “Por ejemplo, un bajón de rendimiento académico, la falta de comunicación familiar o en la pareja, el gasto económico injustificado”, así como “el insomnio, la ansiedad, las somatizaciones, etc. Es decir, los síntomas que” también “se observan en una persona que sufre estrés” por otras causas “o tiene alguna adicción”, aunque no sea tecnológica.

Conviene diferenciar la repercusión directa de los daños colaterales, según Coaching Club. La dependencia obsesiva por el móvil, sin ir más lejos, causa taquicardias y ansiedad, pensamientos de carácter catastrófico, jaquecas, dolor de estómago y sudoración excesiva de las manos. Pero, además, lleva aparejada la desconexión del enfermo con el entorno que le rodea. Éste no ve más allá de móvil, independientemente de dónde se encuentre. Cae en la revisión, una y otra vez, de aquellos mensajes que recibe en busca de significados ocultos. Si no es capaz de comunicarse con algún conocido justo cuando quiere hacerlo, puede perder los nervios. También sufrirá de autoestima baja y de un control enfermizo de sus conocidos, incluida su pareja. Lo curioso es que las denominadas tecnologías de la información y de la comunicación pueden acarrear una “paradójica pérdida de comunicación”, indica Antonio Cano Vindel. Sobre esto se han realizado análisis de “la disminución de la frecuencia de las relaciones sexuales en las últimas décadas” como consecuencia de “los cambios tecnológicos”.

Algunos entendidos han identificado que jóvenes y mujeres se encuentran entre los más proclives a padecer ciertas adicciones y fobias tecnológicas. Pero otros investigadores, como quienes han realizado informes sobre los efectos de la tecnología para Kaspersky Lab, no han hallado diferencias en la incidencia de la amnesia digital, en este caso, por grupos de edad ni sexo. “Quienes más usen estos aparatos” tecnológicos “y más estén descuidando las relaciones sociales, el descanso, el autocuidado en general, la salud” son los que acabarán cayendo, según dice Cano. Y esto, “por supuesto, puede afectar tanto a jóvenes como a adultos”. Los trabajadores más maduros no se libran de este peligro. “Los factores de riesgo para el desarrollo de este tipo de problemas son varios. Por un lado, tenemos factores individuales, como la genética, la personalidad, el nivel de ansiedad y estrés, el estilo de vida o los aprendizajes pasados. Por otro lado, existen factores sociales, como son las modas, la publicidad en los medios o ciertos grupos sociales”, cuenta el experto que preside la SEAS. Así, “algunas personalidades proclives a las adicciones, como la ludopatía, es más fácil que desarrollen adicción a los juegos online”. Cabe recordar asimismo que “los hombres usan más los videojuegos violentos y las mujeres, las redes sociales”, lo que generaría ciertos patrones.

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Concluir por qué acaba metida la gente en este tipo de problemas no es sencillo. No hay una única razón. Cada uno tendrá la suya. Pero, ¿un adicto tecnológico es consciente de lo que le está sucediendo? “Los adictos en general suelen ser los últimos en darse cuenta de que tienen un problema”, contesta Antonio Cano Vindel. De hecho buscarían excusas. “¿Qué fumador carece hoy en día de información sobre los efectos letales del tabaco? Y sin embargo, muchos justifican su consumo de tabaco de muchas maneras”, compara este profesional. “No suele haber conciencia de la verdadera magnitud del problema. Por el contrario”, lo que caracteriza a los adictos es que “tienden al autoengaño e incluso a mentir a las personas de su entorno, sin mucha conciencia de tener un problema. Un padre que se queda en el paro y busca trabajo en Internet durante 8 horas diarias, pero termina con adicción a cibersexo y no lleva a sus hijos al colegio o los lleva en pijama, puede que intente justificar sus ‘fallos’ por la búsqueda del empleo, sin pensar que tiene una adicción”.

Existe tratamiento

Estas enfermedades del nuevo siglo no son irreversibles. Tienen cura. Una persona que padece un trastorno asociado a la tecnología no está desahuciada, y ésa es la parte buena. El primer paso es admitir que algo no va bien. Y, a partir de ahí, será posible ponerle solución. “Todos los problemas relacionados con el estrés y las adicciones tienen tratamiento”, anima Cano Vindel. “Las técnicas psicológicas cognitivo-conductuales han demostrado en estudios científicos rigurosos, como son los ensayos clínicos, que son eficaces y pueden revertir el problema”. Alguien que ha establecido una relación obsesiva con algún gadget tendrá que aprender a reducir su uso, a seguir unos horarios estructurados, a alejarse de ellos durante ciertos momentos del día, a apagarlos por la noche… Tendrá que seguir terapia para aprender a estar sin ellos, de modo que cuando los tengan en su poder no sufran ni vivan sólo para ellos. Establecer una conexión sana resulta vital en esta época en la que el uso de Internet, smartphones, tabletas y demás dispositivos no hace más que aumentar.

Un escollo que queda por superar de cara a una correcta aproximación a los trastornos tecnológicos es el de la preparación de la comunidad médica. Desde el punto de vista del diagnóstico, “los problemas de estrés y los problemas emocionales tienden a ser mal reconocidos por el médico de atención primaria, pues no es especialista en ellos y no dispone de tiempo de consulta suficiente para hacer un buen diagnóstico. Por otro lado, no sólo falta información en el médico sino en el paciente, que no informa bien de todos los problemas que está teniendo, porque no los tiene identificados como tales”, observa el máximo representante de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés. “Un segundo problema, además del diagnóstico, es el tratamiento. En atención primaria, estos problemas se atienden con psicofármacos para reducir los síntomas: ansiolíticos o tranquilizantes, para reducir la ansiedad; antidepresivos, para la ansiedad y el estado de ánimo; somníferos, para el insomnio; analgésicos, para el dolor. Pero no se atienden los aspectos psicológicos“, lamenta Cano.

En la actualidad, “no hay psicólogos especialistas en atención primaria para cambiar las conductas, las emociones, las adicciones, los pensamientos erróneos” y una serie de aspectos fundamentales, denuncia este experto. “Esto es poco lógico, porque sólo se intenta disminuir los síntomas, pero no los pensamientos, las emociones y las conductas que producen esos síntomas. Con lo cual, el tratamiento es menos eficaz, y en lugar de resolver el desorden con las técnicas basadas en la evidencia, el problema se vuelve crónico”. Para combatir esta forma de actuar se ha puesto en marcha el ensayo PsicAP (siglas de Psicología en Atención Primaria), “que se está aplicando en veintidós centros de salud de toda España”, comenta uno de sus promotores. Gracias a él “estamos demostrando que el tratamiento psicológico de los problemas emocionales y del estrés es más eficaz que el tratamiento habitual de atención primaria, básicamente farmacológico”. Así las cosas, ¿qué pautas básicas deberíamos seguir todos para mantener un trato sano con la tecnología? “Las recomendaciones son obvias”, señala Antonio Cano Vindel. La lógica debe regir el proceso. No hay más. “Hay que hacer un uso adecuado de estas nuevas herramientas, que pueden ser muy útiles” para cosas como “facilitar la comunicación, pero nos pueden incomunicar con las personas más próximas” y, al final, “aumentar nuestro estrés laboral”.

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